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Entrevistas

Pedro Osinaga: Sufrí un ictus actuando y terminé la función

  • 03 Jul

Ha pasado por una muy mala racha: primero fue aquella operación de cadera que se complicó, luego el ictus que sufrió en el escenario del teatro Príncipe-Gran Vía (logró terminar la comedia malamente, casi sin poder hablar, y después le llevaron a urgencias) y más tarde el cáncer de próstata que le detectaron a tiempo. Si usted le dice a Pedro Osinaga que está vivo de milagro, él le responderá con toda su sorna navarra: «No, estoy vivo porque me hacía y me hago dos revisiones al año».

– Algunos pensarán que se ha retirado...
– No, yo no me he retirado. Soy un actor en posición de descanso que lleva cuatro años sin trabajar, que se cuida para que no se repita el ictus.

– En los 50 hizo revistas y zarzuelas...
– Tengo un recuerdo maravilloso de aquellos tiempos. «Ven y ven al Eslava» fue muy bien. Estuvimos dos años en Madrid y uno en Barcelona. Entonces se cantaba sin la ayuda de micrófonos. También hice «Doña Francisquita» en teatro y mucha zarzuela en TVE. Era barítono. Me dieron en Pamplona el Premio Sarasate.

– No sé si lamenta haber dejado de cantar.
– Hasta el día de hoy lo lamento. Me gustaba mucho. Pero cuando empecé en la comedia, tuve que perder el engolamiento peculiar de los cantantes de zarzuela cuando hablan en el escenario. Tuve que desaprender maneras.

Su madre era profesora de piano. Y Pedro cantó en el Orfeón Pamplonés dos años. Hizo poco cine porque entonces, cuando las dos funciones diarias, era difícil compaginar el teatro con el Séptimo Arte, «y, además, los directores de cine nunca se han fijado mucho en los actores de teatro». De cualquier forma, su pasión fue y es el escenario. Su gran éxito: «Sé infiel y no mires con quién», once años seguidos llenando teatros, del 72 al 83. Lo curioso es que él no quería hacer esa comedia, «fue mi mujer la que se empeñó; ella vio el éxito».  Después, interpretó obras que mantuvo en cartel tres y cuatro años, algo muy difícil hoy. Recuerda «Sálvese quien pueda», un título muy apropiado en estos días. Él está salvado, no tiene problemas económicos, vive entre Madrid y Segovia, juega al golf (poco), pasea (mucho) y lee en voz alta porque, después del ictus, es un buen ejercicio para articular bien las palabras: «A veces me patina un poco el embrague y no se me entiende bien».

– El ictus me dio trabajando en el teatro Príncipe Gran Vía, en el escenario. No paré la función, aunque casi no podía hablar. Acabé la comedia malamente y después de dos semanas internado, seguí con ella.

– Ha sido fiel al teatro y éste se lo ha pagado bien...
– He sido fiel a mi trabajo, a mi familia, a mis amigos. Y sí, el teatro me ha pagado bien mi fidelidad. Era duro, estaba casi siempre de gira, terminabas a una de la madrugada en Oviedo y a las siete de la tarde del día siguiente ya levantabas telón en Logroño. Qué palizas. Pero las echo de menos más que el escenario por los muchos amigos que tenía en todos los sitios.

– El año pasado le dieron el Premio Nacional de Teatro Pepe Isbert. Quizá añora más honores...
– He recibido muchos premios, pero un actor nunca tiene bastantes. Por la vanidad, ¿sabe? Ya no tengo vanidad, la vida y sus penas te curan de eso. Un día descubres, por las malas rachas, que lo único importante de la vida es la salud, o sea, la vida.

El otro día estuvo en una iglesia y pidió, me dice, volver a tener fe, algo a lo que agarrarse. Fe en el Más Allá, sobre todo. Eso le inquieta. «La vida se va gastando y he ido perdiendo la fe; otros la encuentran al final; yo la he perdido cuando más la necesito; me resulta difícil tener fe». Le radiaron para frenar el cáncer. Y lo frenaron, confiesa. «En Navidad tengo una revisión, a ver qué pasa». Siente las ausencias de los amigos que se fueron, sobre todo la falta de su hijo, que se mató hace 20 años en un accidente de moto, «y me parece que fue ayer». Al día siguiente salió al escenario a hacer reír mientras lloraba por dentro. «No me retiré porque me sentía fuerte, pero fue terrible».

– ¿Qué teme del futuro?
– La soledad. Se cumplen años y crece el temor a la soledad. Creo que envejezco con serenidad. Me dicen que me conservo bien, pero yo no me veo bien en el espejo. Para reconocerme tengo que mirarme dos veces. Lo peor de la vejez es perder agilidad, memoria, ilusión...Yo he perdido mucha ilusión, la verdad es que no me hace ilusión casi nada. Eso es malo. Las desgracias hacen perder la ilusión. Qué le voy a hacer.
Ahora está entretenido pasando antiguos vídeos de zarzuelas a DVD. «Me veo tan joven y tan majo y me digo: “Joder, Pedro, mira lo que eras y lo que eres’’. Ya, es ley de vida, nos pasa a todos, pero es doloroso». No fuma ni bebe. Sólo tinto de verano incluso en invierno.

Entrevista de Amilibia para La Razón (9 de noviembre de 2012).

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