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Un teatro es una ventana abierta a la historia

Un teatro es una ventana abierta a la historia

¡Azorin, una herencia aprovechable!

  • 31 Ago
AMIThE quiere rendir junto al Ayuntamiento de Albacete homenaje a la figura del literato José
Martínez Ruiz “Azorín”, con motivo del cincuentenario de la muerte de una de las figuras
claves literarias en español más importantes del siglo XX y que dedicó a Albacete, tan
vinculada a AMIThE y al Teatro Circo, frases que hoy son lema de la ciudad como “Albacete,
siempre” o “Nueva York” de La Mancha.
Lo haremos el próximo sábado 9 de septiembre con el tradicional concierto extraordinario
ferial, que alcanzará ya su XX edición (como se nos ha pasado el tiempo), de los Amigos de los
Teatros Históricos de España (AMIThE) junto a la Banda Sinfónica Municipal de Albacete, que
se desplaza excepcionalmente de la fachada del Teatro Circo al busto que en el Parque
Abelardo Sánchez de Albacete tiene dedicado el inmortal autor de Monóvar, Azorín, y donde
se inscribe una leyenda que dice “Albacete, siempre”, frase que el literato dedicó a esta capital
en 1954.
El monumento a Azorín, que va a ser acondicionado por el Ayuntamiento de Albacete para
esta efeméride y homenaje, fue inaugurado en plena feria de 1965, un 11 de septiembre aún
con vida un Azorín que fallecería en marzo del siguiente año, y que fue obra del escultor y
marmolista albacetense, también ya desaparecido, Andres Tendero.
La inauguración del busto y el pedestal, que representa fielmente la figura de un Azorín
contemplativo como fue su literatura, resultó hace justo 52 años, todo un acontecimiento
para una ciudad que siempre estará agradecido a un escritor de la talla mundial de Azorín por
su especial dedicación y cariño a las cosas de esta ciudad, de la que hay abundante constancia
en sus escritos y obras.
Bajo el impulso del acalde Botija y figuras de la cultura albacetense de entonces como José
Serna o Matías Gotor, que intervinieron en el acto, estuvieron presentes aquel 11 de
septiembre, un sobrino de Azorín, el doctor Martínez, médico entonces en Madrigueras, y la
figura del columnismo periodístico de España, César González Ruano.
El busto de Azorín se ubicó en su momento en otro lugar del parque, como fue la gran fuente
al lado frente al templete de música. Tras la reforma del parque emprendida en 2002 por el
alcalde Perez Castell, el monumento se restauró a instancia del cronista Sánchez de la Rosa y
se cambió de ubicación, en línea geométrica con las estatuas dedicadas a Cervantes y
Saturnino López.
Sólo hay cinco bustos de Azorín en toda España cono son este de Albacete o en Argamasilla de
Alba, Monóvar, Alicante y Valencia.
Azorín cuenta también con una placa que lo inmortaliza en la puerta grande de la plaza de
toros de Albacete, inaugurada en 1998 al cumplirse el centenario de aquella Generación del 98
que lideró el escritor de Monóvar, y en reconocimiento a la afición taurina del propio Azorín.
 
¿Por qué pensamos desde AMIThE que Azorín, su herencia para el teatro español y para
Albacete, es hoy aprovechable cuando han transcurrido 50 años de su muerte?
Empecemos por lo último. Es el escritor más importante a nivel mundial que más ha querido a
Albacete. La dedicó a frases que hoy son lema de la ciudad como “Albacete, siempre” o
“Nueva York” de La Mancha. Y casi sin pisarla. Por eso ante las nuevas generaciones es decisivo
mandar el mensaje que en el parque hay un monumento a una gloria de España, del castellano
mundial, con un lema suyo que debería ser santo y seña, bandera, de cualquier albacetense
que se precie de serlo: “Albacete, siempre”.
Segundo. Azorín, patriarca de las letras españolas, fue una figura clave del castellano del siglo
XX como renovador absoluto de un lenguaje cuyo uso ya no sería el mismo desde que José
Martínez Ruiz, Azorín, lo acortó al sujeto, verbo y predicado, y le dio el ritmo necesario. Azorín,
apartado durante muchos años del estilismo literario moderno, es un escritor que ahora se
quiere reivindicar y recuperar por su talento exquisito y por su vanguardismo literario, que le
llevó a ser elegido por dos premios Nobeles en español, Vargas Llosa y Camilo José Cela, en el
discurso de ingreso del primero en la RAE y posterior contestación de Cela.
Pero también fue Azorín un dramaturgo corto de obra pero que dejó huella en el teatro
español. Escribió once obras de teatro, que con una excepción de una pieza escrita en 1901,
todas correspondan al período comprendido entre los años 26 y 36. Pero fue teatro difícil de
representar en una escena española dominada a principios del siglo XX por un teatro plagado
de dislates y ñoñeces. Era, o chabacano, o de un empalagoso sentimentalismo. Ahí están obras
como Brandy mucho brandy, Old Spain
También hubo importantes escritos de Azorín sobre teatro que pertenecen al periodo
comprendido entre los primeros años de nuestro siglo y los que preceden a la proclamación de
la República. Están agrupados en tres volúmenes titulados La farándula, Escena y sala y Ante
las candilejas.
Muy interesante es el trabajo “El teatro de Azorín: entre la renovación y la vanguardia” de
Jerónimo López Mozo.
Old Spain! fue el primer éxito de nuestro autor en el teatro español que trajo aire fresco del
que ya soplaba en Europa. Estrenada por la prestigiosa compañía de Santiago Artigas y Josefina
Díaz, en 1926 y en San Sebastián, llegó en apenas dos meses al teatro Reina Victoria, de
Madrid. Esas facilidades se truncaron para un autor como el que llegó con un discurso
dramático nuevo. Pasó por los teatros comerciales con escasas representaciones. Dice LOPEZ
MOZO que “de las veintiséis que alcanzó con Old Spain! pasó a trece con Brandy, mucho
brandy y a diez con Comedia del arte. La excepción se produjo con  El clamor, escrita en
colaboración con Muñoz Seca, que llegó, quizás por la popularidad de éste, a las cincuenta y
una. Otros estrenos se produjeron en escenarios reservados al teatro experimental, tal fue el
caso de Lo invisible, o de fuera de Madrid”.
 
Hay que aceptar, como dice LOPEZ MOZO, que Azorín, como dramaturgo, fue un fracaso. Sus
ideas no triunfaron cuando hubiera sido necesario, ni encontraron seguidores. Pero dejaron
 
huellas que otros, conscientemente o no, han pisado luego. No deja de ser curioso que algunas
de las propuestas que defendió se hayan impuesto más adelante en los escenarios. No insinúo
que su implantación se deba a su influencia. Lo que quiero destacar es que no debían ser tan
disparatadas cuando han sido asumidas sin sobresaltos hasta por el teatro más conservador.
Un paseo por el teatro español de las últimas décadas nos trae a la memoria, con alguna
frecuencia, el nombre de Azorín. Así, al acercarnos al absurdo del primer Fernando Arrabal, el
de El triciclo; o al recrearnos con el eficaz manejo del tiempo por parte de Buero Vallejo en
obras como Madrugada o El tragaluz y de Alfonso Sastre en El cuervo o en Ana Kleiber; si de la
muerte se trata, la que Alejandro Casona muestra en La dama del alba se parece bastante a la
que aparece en el prólogo escénico de Lo invisible. Hurgando en mi propio teatro, he
encontrado, o así me lo parece, alguna curiosa coincidencia entre la trilogía azoriniana y
algunas de las obras breves que se incluyen en mis Tiempos muertos. Tales coincidencias,
aunque casuales, avalan la validez de algunos de los planteamientos que, en su momento,
formuló Azorín. En 1968, un año después de la muerte del escritor, Torrente Ballester escribió
lo siguiente: «A la vista de varios fenómenos de la literatura contemporánea, uno no tiene más
remedio que recordar a Azorín y, al recordarlo, añadir: "¿pero esto, algo como esto, y algo
muchas veces mejor que esto, ya lo intentó, ya lo realizó Azorín entre 1920 y 1930"».
Azorín, es una herencia aprovechable.
El sábado 9 le honraremos y recordaremos, por Albacete, por ser un hombre clave en las letras
y por ser un renovador del teatro español.
Un abrazo.

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